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Cuadernos Ciudadanos

Carta de (Des)ajuste

Una mirada crítica

El machaculo

jueves, 12 de junio de 2008 10:48

Estamos otra vez mezclando churras con merinas, y de estos revoltijos nunca sale nada bueno. Y si no, al tiempo. Yo no sé por qué los ministros tienen, de vez en cuando, la manía de meter mano en el diccionario de la lengua. Ya habrán oído que Bibiana Aído, ministra de Igualdad, propone que incluya “miembra”, para horror y escándalo de algún que otro académico. También los economistas, tras hacer patente su incapacidad para prever el desastre, se quedan calvos pensando para explicar lo inefable, y a falta de argumentos válidos se inventan “palabros”. Saben que los ministros de Trabajo de la Comisión Europea han acordado aumentar la jornada laboral hasta un máximo de 65 horas semanales ¿verdad?. Pues ahora los expertos en la cosa de no saber por donde les viene el aire lo explican con un término nuevo: flexiguridad. Dicen que se trata de garantizar la estabilidad del empleo y la flexibilidad para la empresa, que viene a ser una conclusión obvia por los siglos de los siglos: que al que paga, la esclavitud le mola.

Así anda el mundo, y eso sin hablar de camiones, con la que está cayendo y los mercados desabastecidos. Dijo Gregorio Salvador, de la RAE, que Bibiana Aído debería dejarse de bromas de mal gusto y ocuparse más bien de resolver problemas reales de desigualdad, como garantizar que cualquier niño pueda estudiar en castellano en cualquier comunidad autónoma. No está mal la crítica, y sin salirse de su ámbito: el de la lengua española. Yo opino lo mismo. Y si me van a responder defendiendo ardorosamente el feminismo más extremo les ruego que, al menos, y aunque sea mentira, firmen su comentario con nombre de mujer. Y que me lo expliquen clarito también, por favor, porque empiezo a sentirme miembra flexisegura, y no me está gustando nada.

Quizá deberíamos poner todos en marcha nuestra parcelita de creatividad, que es gratis y aunque no sirva de nada hace que pase antes el tiempo. ¿Se les ocurre algo nuevo? A mí, así a bote pronto, para definir el caos político-económico que nos rodea me viene “machaculo”, que procede de machacar y dar por el sufijo del vocablo de mi invención. Mucho rollo con los señores y las señoras e incluso l@s señor@s, pero cuando vamos a lo que importa, el vil metal, la sociedad se estratifica naturalmente entre los que mueven los hilos y los pringaos, dos grupos perfectamente definidos en los que caben todo tipo de sexos, razas, ideologías y religiones, porque para pertenecer a uno u otro basta una simple condición: ser humano.

Así las cosas, la ilusión, al menos en mi caso, atraviesa momentos bajos. Especialmente cuando echo una ojeadilla a mi afortunada (porque mi subida de sueldo supera el IPC) nómina y observo con cruel pesar y dolorosa incertidumbre que, habiendo reducido los gastos, llego con números rojos antes de final de mes. ¿Será que ha disminuido, a pesar del aumento retributivo, mi capacidad adquisitiva? ¡No, hombre, no! “Será” no, lo es. Y conste que todavía no me quejo de mi suerte, ni caeré en ese tópico mientras nada sustancial peligre, pero sí tienen que admitir que machacula mucho que nos cuenten cuentos para no dormir, mezclando fantasía y realidad, y usando palabritas nuevas, para ver si entre flexiguridades y crecimientos negativos se nos olvida que la paga no llega a fin de mes.

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/51930
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Perversión y democracia

lunes, 02 de junio de 2008 10:58

La historia es muy simple y el caso real.

Un instituto público. Un claustro de profesores. Y un objetivo: determinar el horario del curso próximo y el modo en que se impartirán las asignaturas.

Todo puede pasar en la sacristía del funcionariado, y de lo que “puede” hay algo que con toda seguridad tiene lugar: la lucha por el beneficio propio. Ríanse de leyes, normas y bien común, ríanse de vocaciones docentes y de seriedad profesional, ríanse de la santa madre que parió a la Educación con mayúsculas, la pública, la que hay que garantizar, la que iguala al pobre con el rico, la que necesitamos para el buen progreso. Que cuando un claustro se reúne, un elemento común aúna las conciencias y meditaciones de sus integrantes, priorizando la elección: minimizar el tiempo. O dicho en términos coloquiales: “no me jodas el horario; si puedo entrar tarde y salir pronto, mejor que mejor”.

Y así hicieron en un instituto cualquiera de la Comunidad Valenciana: fijar los horarios de las distintas materias, consultar a los interesados y llegar a un acuerdo. Una profesora, de Bellas Artes con seguridad, puesto que sólo los artistas conservan la capacidad de aferrarse a lo ideal, hace un tímido comentario: “¿Os habéis fijado en que las clases de Dibujo Técnico coinciden con las de Física y Química?”. Recibiendo por ello variadas respuestas: dos o tres gestos de indiferencia, ciertas miradas bovinas, más de una reacción desabrida y mucho desinterés. El sentido común cuya existencia ella suponía, el menos común de los sentidos al fin, brilla de nuevo por su ausencia y, qué atrevimiento, tiene que explicar su observación: “Lo digo porque si un alumno deseara elegir ambas materias no podría cursarlas; y las dos son necesarias en muchas carreras técnicas como ingeniería, arquitectura...”.

¡Qué fácil es destapar la caja de Pandora cuando el egoísmo particular ha subido varios escalones por encima del interés general! ¡Qué sencillo resulta provocar a quienes mancillan la profesión de maestro, aquellos que se limitan, avalados por imperdonable desinterés y evidentes pocas luces, a pervertir la potencia de tantos jóvenes con capacidad para crecer, para ser, para dar, y que son prematuramente invalidados! Porque fue efectivamente simple, con una observación tan sencilla como desprovista de mala intención, abrir la espita de la mala leche. Que yo no puedo, que ya salió la de siempre, que así está bien el horario, que quién va a querer hacer ingeniería, que pitos y que flautas.

¿La solución? Propongan algo, si no andan escasos de creatividad. Y si les falla el tema, recurran al ungüento amarillo que a todo se le echa y para nada sirve, al remedio más políticamente correcto e insistentemente ineficaz. “Votemos”, dijo alguien y nadie tuvo la osadía de negar la democracia como método universal. Se sometió a sufragio la cuestión. Todos votaron, porque es así como la sacrosanta sociedad en que vivimos resuelve sus conflictos. Además, como es sabido, el sufragio restringido tiene mala prensa. Y bien pensado ¿Por qué no iba a tener derecho al voto la profesora de Literatura, o la de Filosofía, aunque no les afectara a ellas la cuestión? A ver si, además de impositivos, vamos a pecar de machistas. A votar, a representar en pequeño la gran fiesta político social, a adulterar el valor de la opinión. Opción 1, todo como está. Opción 2, cambios que permiten la libertad de elección y asfixian alguna hora de tiempo libre del profesor, atrapada en medio del horario lectivo. “Ay, chica, no sé qué votar ¿tú qué vas a poner?”. “Yo, Opción 1”,dice la de Filo, que tiene fama de solidaria con sus compañeros. “Ay, vale, pues yo la misma que tú”, responde su amiga en un inigualable alarde de criterio. Desconozco el resultado final. Ya lo averiguaré. Si salió 1, a tomar por saco la ingeniería. Si fue 2, algún chaval más podrá alimentar las aulas politécnicas.

Me sentí muy afortunada, al conocer esta historia que les cuento, pensando que cuando yo estudié ingeniería era otra época menos libre, en la que no nos obligaban a elegir entre papá y mamá. De ahí el título de un artículo que, dicho sea de paso, no significa en absoluto que la democracia sea perversa, más bien, como afirmó Bernard Shaw, que es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/51092
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Perversión y democracia

lunes, 02 de junio de 2008 10:58

La historia es muy simple y el caso real.

Un instituto público. Un claustro de profesores. Y un objetivo: determinar el horario del curso próximo y el modo en que se impartirán las asignaturas.

Todo puede pasar en la sacristía del funcionariado, y de lo que “puede” hay algo que con toda seguridad tiene lugar: la lucha por el beneficio propio. Ríanse de leyes, normas y bien común, ríanse de vocaciones docentes y de seriedad profesional, ríanse de la santa madre que parió a la Educación con mayúsculas, la pública, la que hay que garantizar, la que iguala al pobre con el rico, la que necesitamos para el buen progreso. Que cuando un claustro se reúne, un elemento común aúna las conciencias y meditaciones de sus integrantes, priorizando la elección: minimizar el tiempo. O dicho en términos coloquiales: “no me jodas el horario; si puedo entrar tarde y salir pronto, mejor que mejor”.

Y así hicieron en un instituto cualquiera de la Comunidad Valenciana: fijar los horarios de las distintas materias, consultar a los interesados y llegar a un acuerdo. Una profesora, de Bellas Artes con seguridad, puesto que sólo los artistas conservan la capacidad de aferrarse a lo ideal, hace un tímido comentario: “¿Os habéis fijado en que las clases de Dibujo Técnico coinciden con las de Física y Química?”. Recibiendo por ello variadas respuestas: dos o tres gestos de indiferencia, ciertas miradas bovinas, más de una reacción desabrida y mucho desinterés. El sentido común cuya existencia ella suponía, el menos común de los sentidos al fin, brilla de nuevo por su ausencia y, qué atrevimiento, tiene que explicar su observación: “Lo digo porque si un alumno deseara elegir ambas materias no podría cursarlas; y las dos son necesarias en muchas carreras técnicas como ingeniería, arquitectura...”.

¡Qué fácil es destapar la caja de Pandora cuando el egoísmo particular ha subido varios escalones por encima del interés general! ¡Qué sencillo resulta provocar a quienes mancillan la profesión de maestro, aquellos que se limitan, avalados por imperdonable desinterés y evidentes pocas luces, a pervertir la potencia de tantos jóvenes con capacidad para crecer, para ser, para dar, y que son prematuramente invalidados! Porque fue efectivamente simple, con una observación tan sencilla como desprovista de mala intención, abrir la espita de la mala leche. Que yo no puedo, que ya salió la de siempre, que así está bien el horario, que quién va a querer hacer ingeniería, que pitos y que flautas.

¿La solución? Propongan algo, si no andan escasos de creatividad. Y si les falla el tema, recurran al ungüento amarillo que a todo se le echa y para nada sirve, al remedio más políticamente correcto e insistentemente ineficaz. “Votemos”, dijo alguien y nadie tuvo la osadía de negar la democracia como método universal. Se sometió a sufragio la cuestión. Todos votaron, porque es así como la sacrosanta sociedad en que vivimos resuelve sus conflictos. Además, como es sabido, el sufragio restringido tiene mala prensa. Y bien pensado ¿Por qué no iba a tener derecho al voto la profesora de Literatura, o la de Filosofía, aunque no les afectara a ellas la cuestión? A ver si, además de impositivos, vamos a pecar de machistas. A votar, a representar en pequeño la gran fiesta político social, a adulterar el valor de la opinión. Opción 1, todo como está. Opción 2, cambios que permiten la libertad de elección y asfixian alguna hora de tiempo libre del profesor, atrapada en medio del horario lectivo. “Ay, chica, no sé qué votar ¿tú qué vas a poner?”. “Yo, Opción 1”,dice la de Filo, que tiene fama de solidaria con sus compañeros. “Ay, vale, pues yo la misma que tú”, responde su amiga en un inigualable alarde de criterio. Desconozco el resultado final. Ya lo averiguaré. Si salió 1, a tomar por saco la ingeniería. Si fue 2, algún chaval más podrá alimentar las aulas politécnicas.

Me sentí muy afortunada, al conocer esta historia que les cuento, pensando que cuando yo estudié ingeniería era otra época menos libre, en la que no nos obligaban a elegir entre papá y mamá. De ahí el título de un artículo que, dicho sea de paso, no significa en absoluto que la democracia sea perversa, más bien, como afirmó Bernard Shaw, que es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.

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Feria del Libro

lunes, 26 de mayo de 2008 12:57

Del 30 de mayo al 15 de junio se celebra la Feria del Libro de Madrid. Si no fuera porque leer es una de las escasas actividades que me salvan de la desesperación intelectual, no escribiría hoy. Cada año espero la celebración de este encuentro con la ilusión de perderme en un universo de libros. Algunas veces he ido despistada, mirando sin saber qué, husmeando sin objetivo; otras, tenía el propósito de adquirir un libro concreto y dedicar el tiempo restante a mirar; este año, ojalá el próximo piense lo mismo, me acercaré con los deberes bien hechos, dispuesta a llevarme una lista de obras cuidadosamente seleccionadas. También ha habido ocasiones, varias últimamente, en que he presenciado y sufrido el paso de los días, sin ser capaz de encontrar el momento de escaparme e ir. De ellas, recuerdo con especial cariño el año en que mis amigos, conscientes de la importancia que este evento tiene para mí, adquirieron un ejemplar firmado por el autor de una obra que tenía previsto comprar, haciéndome llegar por vías paralelas dos ejemplares idénticos, dedicados. ¿No les parece novelesco?.

Esta vez, como cada curso, se me pone difícil acudir el día que tengo previsto y reservado. Aunque huiré en cualquier momento si es preciso para no dejar de ir. He anotado durante meses, con paciencia de araña, los títulos necesarios, y me propongo disfrutar unas horas con la atención completamente entregada a lo que, mucho más que un hobby, es vocación auténtica. Un Nobel, un clásico y cinco obras más, que se sumarán al resto de lecturas, profundas o comerciales, casuales o buscadas, de este 2008. Después, nunca antes, para evitar la compra precipitada de lo que deseo adquirir como si de una joya se tratase (no en vano, al nacer nuestra tercera hija, fue un libro lo que mi marido me llevó al hospital), intentaré ir un día con mis hijos, repitiendo año tras año hasta que su afición pequeñita les eche raíces en el alma.

Más adelante, intentaré resolver el apabullante problema de espacio que tengo en casa. Los libros entran con una cadencia superior a la de las estanterías, y empaquetarlos en el trastero me deja un regusto amargo de abandono con el que no acabo de aprender a vivir. Ya veremos cómo lo soluciono. Supongo que eligiendo entre exiliar enciclopedias o best-seller. En cualquier caso, nunca serán encerrados Delibes o Vargas Llosa, Javier Marías, García Márquez, Muñoz Molina, Benedetti, Pedro Salinas, y tantos otros que, en cualquier momento, busco y hojeo de nuevo para encontrar la frase o el párrafo perfectos que no se olvidan.

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