Coslada

Carta de (Des)ajuste

Una mirada crítica

La búsqueda

14/07/2008

Emprendí un viaje de búsqueda interior instigada por quien más me quiere, sin saber que el gran riesgo de buscarse uno mismo es que acaba por encontrarse. Y lo que vi fue lo que sospechaba, aunque nunca me haya atrevido, por cobardía ¿qué si no?, a encarar de frente la conclusión.

Santander es una ciudad de pronunciados altibajos. Cada paseo puede convertirse en ejercicio agotador, con el cómplice perfecto del entorno. Comienza la caminata puramente turística, del Palacio de la Magdalena hacia la ciudad bordeando la playa de los Peligros. Es imposible eludir la literatura, porque aquello ha sido un encuentro de conquistados por ella en el que, por pura selección natural, los que escriben se reúnen y ¡cómo no! intercambian ideas. El clima acompaña y el paisaje parece tenerlo todo para serenar el espíritu. Tanto que distrae al punto de bajar la guardia y dejar el campo abierto a la vocación.

¿Y ahora qué? Me preguntaba en el vuelo de regreso.

Escribir nunca es tarea fácil. Aunque desde fuera parezca un puro juego floral. Detrás se esconde una inquietud interminable que se sabe sin solución. Quitarse la máscara es reconocer que escribir es una locura, una pérdida de juicio inevitable, que obliga a inventar mundos para llenar el blanco con palabras que causan vértigo y que una vez escritas dejan de ser solución. Dicen que los que no tenían el corazón lleno enloquecieron de verdad, entendiendo como verdad la inadaptación perpetua y casi mortal a la realidad común. Es fácil comprenderlo, aunque discrepe de este mundo cartesiano, de pesos y medidas precisos en el que se acota incluso el error, que busca el permanente asidero racional cobrándose a cambio el alto precio del sacrificio de la imaginación.

La primera pregunta tenía que dar en el blanco: ¿Por qué escribir?. Lo peligroso de preguntar es que nos hace buscar respuestas. Si no me entienden, particularícenlo a su mundo y simplemente pregúntense ¿por qué?.

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/2008/07/14/la-busqueda/
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El machaculo

12/06/2008

Estamos otra vez mezclando churras con merinas, y de estos revoltijos nunca sale nada bueno. Y si no, al tiempo. Yo no sé por qué los ministros tienen, de vez en cuando, la manía de meter mano en el diccionario de la lengua. Ya habrán oído que Bibiana Aído, ministra de Igualdad, propone que incluya “miembra”, para horror y escándalo de algún que otro académico. También los economistas, tras hacer patente su incapacidad para prever el desastre, se quedan calvos pensando para explicar lo inefable, y a falta de argumentos válidos se inventan “palabros”. Saben que los ministros de Trabajo de la Comisión Europea han acordado aumentar la jornada laboral hasta un máximo de 65 horas semanales ¿verdad?. Pues ahora los expertos en la cosa de no saber por donde les viene el aire lo explican con un término nuevo: flexiguridad. Dicen que se trata de garantizar la estabilidad del empleo y la flexibilidad para la empresa, que viene a ser una conclusión obvia por los siglos de los siglos: que al que paga, la esclavitud le mola.

Así anda el mundo, y eso sin hablar de camiones, con la que está cayendo y los mercados desabastecidos. Dijo Gregorio Salvador, de la RAE, que Bibiana Aído debería dejarse de bromas de mal gusto y ocuparse más bien de resolver problemas reales de desigualdad, como garantizar que cualquier niño pueda estudiar en castellano en cualquier comunidad autónoma. No está mal la crítica, y sin salirse de su ámbito: el de la lengua española. Yo opino lo mismo. Y si me van a responder defendiendo ardorosamente el feminismo más extremo les ruego que, al menos, y aunque sea mentira, firmen su comentario con nombre de mujer. Y que me lo expliquen clarito también, por favor, porque empiezo a sentirme miembra flexisegura, y no me está gustando nada.

Quizá deberíamos poner todos en marcha nuestra parcelita de creatividad, que es gratis y aunque no sirva de nada hace que pase antes el tiempo. ¿Se les ocurre algo nuevo? A mí, así a bote pronto, para definir el caos político-económico que nos rodea me viene “machaculo”, que procede de machacar y dar por el sufijo del vocablo de mi invención. Mucho rollo con los señores y las señoras e incluso l@s señor@s, pero cuando vamos a lo que importa, el vil metal, la sociedad se estratifica naturalmente entre los que mueven los hilos y los pringaos, dos grupos perfectamente definidos en los que caben todo tipo de sexos, razas, ideologías y religiones, porque para pertenecer a uno u otro basta una simple condición: ser humano.

Así las cosas, la ilusión, al menos en mi caso, atraviesa momentos bajos. Especialmente cuando echo una ojeadilla a mi afortunada (porque mi subida de sueldo supera el IPC) nómina y observo con cruel pesar y dolorosa incertidumbre que, habiendo reducido los gastos, llego con números rojos antes de final de mes. ¿Será que ha disminuido, a pesar del aumento retributivo, mi capacidad adquisitiva? ¡No, hombre, no! “Será” no, lo es. Y conste que todavía no me quejo de mi suerte, ni caeré en ese tópico mientras nada sustancial peligre, pero sí tienen que admitir que machacula mucho que nos cuenten cuentos para no dormir, mezclando fantasía y realidad, y usando palabritas nuevas, para ver si entre flexiguridades y crecimientos negativos se nos olvida que la paga no llega a fin de mes.

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Perversión y democracia

02/06/2008

La historia es muy simple y el caso real.

Un instituto público. Un claustro de profesores. Y un objetivo: determinar el horario del curso próximo y el modo en que se impartirán las asignaturas.

Todo puede pasar en la sacristía del funcionariado, y de lo que “puede” hay algo que con toda seguridad tiene lugar: la lucha por el beneficio propio. Ríanse de leyes, normas y bien común, ríanse de vocaciones docentes y de seriedad profesional, ríanse de la santa madre que parió a la Educación con mayúsculas, la pública, la que hay que garantizar, la que iguala al pobre con el rico, la que necesitamos para el buen progreso. Que cuando un claustro se reúne, un elemento común aúna las conciencias y meditaciones de sus integrantes, priorizando la elección: minimizar el tiempo. O dicho en términos coloquiales: “no me jodas el horario; si puedo entrar tarde y salir pronto, mejor que mejor”.

Y así hicieron en un instituto cualquiera de la Comunidad Valenciana: fijar los horarios de las distintas materias, consultar a los interesados y llegar a un acuerdo. Una profesora, de Bellas Artes con seguridad, puesto que sólo los artistas conservan la capacidad de aferrarse a lo ideal, hace un tímido comentario: “¿Os habéis fijado en que las clases de Dibujo Técnico coinciden con las de Física y Química?”. Recibiendo por ello variadas respuestas: dos o tres gestos de indiferencia, ciertas miradas bovinas, más de una reacción desabrida y mucho desinterés. El sentido común cuya existencia ella suponía, el menos común de los sentidos al fin, brilla de nuevo por su ausencia y, qué atrevimiento, tiene que explicar su observación: “Lo digo porque si un alumno deseara elegir ambas materias no podría cursarlas; y las dos son necesarias en muchas carreras técnicas como ingeniería, arquitectura...”.

¡Qué fácil es destapar la caja de Pandora cuando el egoísmo particular ha subido varios escalones por encima del interés general! ¡Qué sencillo resulta provocar a quienes mancillan la profesión de maestro, aquellos que se limitan, avalados por imperdonable desinterés y evidentes pocas luces, a pervertir la potencia de tantos jóvenes con capacidad para crecer, para ser, para dar, y que son prematuramente invalidados! Porque fue efectivamente simple, con una observación tan sencilla como desprovista de mala intención, abrir la espita de la mala leche. Que yo no puedo, que ya salió la de siempre, que así está bien el horario, que quién va a querer hacer ingeniería, que pitos y que flautas.

¿La solución? Propongan algo, si no andan escasos de creatividad. Y si les falla el tema, recurran al ungüento amarillo que a todo se le echa y para nada sirve, al remedio más políticamente correcto e insistentemente ineficaz. “Votemos”, dijo alguien y nadie tuvo la osadía de negar la democracia como método universal. Se sometió a sufragio la cuestión. Todos votaron, porque es así como la sacrosanta sociedad en que vivimos resuelve sus conflictos. Además, como es sabido, el sufragio restringido tiene mala prensa. Y bien pensado ¿Por qué no iba a tener derecho al voto la profesora de Literatura, o la de Filosofía, aunque no les afectara a ellas la cuestión? A ver si, además de impositivos, vamos a pecar de machistas. A votar, a representar en pequeño la gran fiesta político social, a adulterar el valor de la opinión. Opción 1, todo como está. Opción 2, cambios que permiten la libertad de elección y asfixian alguna hora de tiempo libre del profesor, atrapada en medio del horario lectivo. “Ay, chica, no sé qué votar ¿tú qué vas a poner?”. “Yo, Opción 1”,dice la de Filo, que tiene fama de solidaria con sus compañeros. “Ay, vale, pues yo la misma que tú”, responde su amiga en un inigualable alarde de criterio. Desconozco el resultado final. Ya lo averiguaré. Si salió 1, a tomar por saco la ingeniería. Si fue 2, algún chaval más podrá alimentar las aulas politécnicas.

Me sentí muy afortunada, al conocer esta historia que les cuento, pensando que cuando yo estudié ingeniería era otra época menos libre, en la que no nos obligaban a elegir entre papá y mamá. De ahí el título de un artículo que, dicho sea de paso, no significa en absoluto que la democracia sea perversa, más bien, como afirmó Bernard Shaw, que es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/2008/06/02/perversion-y-democracia-1/
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Perversión y democracia

02/06/2008

La historia es muy simple y el caso real.

Un instituto público. Un claustro de profesores. Y un objetivo: determinar el horario del curso próximo y el modo en que se impartirán las asignaturas.

Todo puede pasar en la sacristía del funcionariado, y de lo que “puede” hay algo que con toda seguridad tiene lugar: la lucha por el beneficio propio. Ríanse de leyes, normas y bien común, ríanse de vocaciones docentes y de seriedad profesional, ríanse de la santa madre que parió a la Educación con mayúsculas, la pública, la que hay que garantizar, la que iguala al pobre con el rico, la que necesitamos para el buen progreso. Que cuando un claustro se reúne, un elemento común aúna las conciencias y meditaciones de sus integrantes, priorizando la elección: minimizar el tiempo. O dicho en términos coloquiales: “no me jodas el horario; si puedo entrar tarde y salir pronto, mejor que mejor”.

Y así hicieron en un instituto cualquiera de la Comunidad Valenciana: fijar los horarios de las distintas materias, consultar a los interesados y llegar a un acuerdo. Una profesora, de Bellas Artes con seguridad, puesto que sólo los artistas conservan la capacidad de aferrarse a lo ideal, hace un tímido comentario: “¿Os habéis fijado en que las clases de Dibujo Técnico coinciden con las de Física y Química?”. Recibiendo por ello variadas respuestas: dos o tres gestos de indiferencia, ciertas miradas bovinas, más de una reacción desabrida y mucho desinterés. El sentido común cuya existencia ella suponía, el menos común de los sentidos al fin, brilla de nuevo por su ausencia y, qué atrevimiento, tiene que explicar su observación: “Lo digo porque si un alumno deseara elegir ambas materias no podría cursarlas; y las dos son necesarias en muchas carreras técnicas como ingeniería, arquitectura...”.

¡Qué fácil es destapar la caja de Pandora cuando el egoísmo particular ha subido varios escalones por encima del interés general! ¡Qué sencillo resulta provocar a quienes mancillan la profesión de maestro, aquellos que se limitan, avalados por imperdonable desinterés y evidentes pocas luces, a pervertir la potencia de tantos jóvenes con capacidad para crecer, para ser, para dar, y que son prematuramente invalidados! Porque fue efectivamente simple, con una observación tan sencilla como desprovista de mala intención, abrir la espita de la mala leche. Que yo no puedo, que ya salió la de siempre, que así está bien el horario, que quién va a querer hacer ingeniería, que pitos y que flautas.

¿La solución? Propongan algo, si no andan escasos de creatividad. Y si les falla el tema, recurran al ungüento amarillo que a todo se le echa y para nada sirve, al remedio más políticamente correcto e insistentemente ineficaz. “Votemos”, dijo alguien y nadie tuvo la osadía de negar la democracia como método universal. Se sometió a sufragio la cuestión. Todos votaron, porque es así como la sacrosanta sociedad en que vivimos resuelve sus conflictos. Además, como es sabido, el sufragio restringido tiene mala prensa. Y bien pensado ¿Por qué no iba a tener derecho al voto la profesora de Literatura, o la de Filosofía, aunque no les afectara a ellas la cuestión? A ver si, además de impositivos, vamos a pecar de machistas. A votar, a representar en pequeño la gran fiesta político social, a adulterar el valor de la opinión. Opción 1, todo como está. Opción 2, cambios que permiten la libertad de elección y asfixian alguna hora de tiempo libre del profesor, atrapada en medio del horario lectivo. “Ay, chica, no sé qué votar ¿tú qué vas a poner?”. “Yo, Opción 1”,dice la de Filo, que tiene fama de solidaria con sus compañeros. “Ay, vale, pues yo la misma que tú”, responde su amiga en un inigualable alarde de criterio. Desconozco el resultado final. Ya lo averiguaré. Si salió 1, a tomar por saco la ingeniería. Si fue 2, algún chaval más podrá alimentar las aulas politécnicas.

Me sentí muy afortunada, al conocer esta historia que les cuento, pensando que cuando yo estudié ingeniería era otra época menos libre, en la que no nos obligaban a elegir entre papá y mamá. De ahí el título de un artículo que, dicho sea de paso, no significa en absoluto que la democracia sea perversa, más bien, como afirmó Bernard Shaw, que es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.

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Feria del Libro

26/05/2008

Del 30 de mayo al 15 de junio se celebra la Feria del Libro de Madrid. Si no fuera porque leer es una de las escasas actividades que me salvan de la desesperación intelectual, no escribiría hoy. Cada año espero la celebración de este encuentro con la ilusión de perderme en un universo de libros. Algunas veces he ido despistada, mirando sin saber qué, husmeando sin objetivo; otras, tenía el propósito de adquirir un libro concreto y dedicar el tiempo restante a mirar; este año, ojalá el próximo piense lo mismo, me acercaré con los deberes bien hechos, dispuesta a llevarme una lista de obras cuidadosamente seleccionadas. También ha habido ocasiones, varias últimamente, en que he presenciado y sufrido el paso de los días, sin ser capaz de encontrar el momento de escaparme e ir. De ellas, recuerdo con especial cariño el año en que mis amigos, conscientes de la importancia que este evento tiene para mí, adquirieron un ejemplar firmado por el autor de una obra que tenía previsto comprar, haciéndome llegar por vías paralelas dos ejemplares idénticos, dedicados. ¿No les parece novelesco?.

Esta vez, como cada curso, se me pone difícil acudir el día que tengo previsto y reservado. Aunque huiré en cualquier momento si es preciso para no dejar de ir. He anotado durante meses, con paciencia de araña, los títulos necesarios, y me propongo disfrutar unas horas con la atención completamente entregada a lo que, mucho más que un hobby, es vocación auténtica. Un Nobel, un clásico y cinco obras más, que se sumarán al resto de lecturas, profundas o comerciales, casuales o buscadas, de este 2008. Después, nunca antes, para evitar la compra precipitada de lo que deseo adquirir como si de una joya se tratase (no en vano, al nacer nuestra tercera hija, fue un libro lo que mi marido me llevó al hospital), intentaré ir un día con mis hijos, repitiendo año tras año hasta que su afición pequeñita les eche raíces en el alma.

Más adelante, intentaré resolver el apabullante problema de espacio que tengo en casa. Los libros entran con una cadencia superior a la de las estanterías, y empaquetarlos en el trastero me deja un regusto amargo de abandono con el que no acabo de aprender a vivir. Ya veremos cómo lo soluciono. Supongo que eligiendo entre exiliar enciclopedias o best-seller. En cualquier caso, nunca serán encerrados Delibes o Vargas Llosa, Javier Marías, García Márquez, Muñoz Molina, Benedetti, Pedro Salinas, y tantos otros que, en cualquier momento, busco y hojeo de nuevo para encontrar la frase o el párrafo perfectos que no se olvidan.

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/2008/05/26/feria-del-libro-3/
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Miserias humanas

20/05/2008

La semana pasada se celebró por primera vez en España, en el castillo de Peralada, la Luxury Market, primera feria del lujo en nuestro país. Se trataba de exhibir lo más caro, lo más exclusivo y de mayor calidad, accediendo por invitación o adquiriendo una entrada selectiva (así la califican los organizadores) por 200 euros. Los telediarios, reflejo de lo último o de lo más original, se entretuvieron informando a la masa vil de lo que allí se exponía, incidiendo en artículos tan inalcanzables como estúpidos. Aún no se me va de la cabeza la cama de lujo, diseñada para que el usuario no sienta ni frío ni calor: es decir, idéntica a la cuna con padres de serie de mi hija, puesto que al menor suspiro nos levantamos y la tapamos o destapamos, ponemos el chupete, o tranquilizamos si el motivo de su inquietud es un mal sueño. Quizá sea que la tecnología trabaja para que los adultos (mejor si son adinerados) puedan prescindir de su autonomía y comportarse como criaturas dependientes con un cerebro en vias de evolución. No entiendo, viendo el éxito de estas iniciativas, por qué a Versace aún no se le ha ocurrido diseñar pañales talla XXL.

Estas exposiciones no me causan envidia. Si no lo he dicho antes, lo digo ahora: ni entre mis prioridades está la riqueza material ni entre mis defectos la envidia o la vanidad. Y no saben la libertad que da. Sin embargo, si me provocan una curiosidad más científica que morbosa, satisfecha casi siempre por la constatación del extremo que, en estos asuntos, alcanza el ser humano, y que supera constantemente mi supongo que bastante escasa imaginación. ¿No les parece alucinante que en el siglo XXI alguien se sienta superior simplemente por su poder adquisitivo, tanto más cuando éste es sobrevenido? Tengan cuidado si en lugar de alucinante les parece lógico. No me obliguen a recordarles la infinidad de genios cuya contribución ha cambiado a mejor este mundo, aunque a efectos económicos reunieran poco más, o mucho menos, que una modesta fortuna. No caigan en la tentación de defender a Paris Hilton o similares, porque mucho me temo que quien esto lea no es la cuenta corriente lo que tiene en común con ella.

Podría decirles que este tipo de celebraciones merman mi fe en el ser humano, y exaltar su vileza por comparación con los grandes desastres que, estos mismos días, causan hambre, enfermedad y muerte. Pero he leído que en Sudáfrica se están produciendo ataques racistas de negros sudafricanos contra zimbabuenses y mozambiqueños y, ahora sí, se me ha caído el alma a los pies. Los mismos que hace cuatro días sufrían los rigores del apartheid actúan, como antes lo hicieron sus opresores, manifestando una xenofobia que ellos especialmente deberían haber proscrito.

¿Qué tiene dentro el ser humano? Lo mejor y lo peor. Independientemente de su edad, raza, sexo o situación económica. La suerte o las circunstancias pueden presentarse a favor, y convertir a un individuo de nuestra especie en invitado a la Luxury Market, o en contra, y dejarlo porque sí sepultado bajo los escombros de un terremoto. En cualquier caso, el suyo o el mío, si lo que se pierde es la capacidad de reflexionar y aprender, de no perder el sentido y el valor de las cosas, de mirar alrededor, o más difícil, de mirarnos dentro con la sinceridad suficiente para discernir qué hemos conseguido por mérito propio y qué nos sobreviene por pura fortuna, y fortuna es, por ejemplo, vivir en un país libre y desarrollado, se extingue la posibilidad de mejorar, y el hombre se convierte en un lobo para el hombre.

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Vergüenza

09/05/2008

No hay como entrar en crisis para que se derrumbe el mundo. Política, social, localmente me han curado la depresión mediante terapia de choque: el jefe y treinta policías detenidos, acusados no sólo de corrupción (delito típico en las instituciones oficiales), sino cohecho, robo, extorsión, narcotráfico, prostitución. Me dio vergüenza ajena leer así referido, en grandes titulares, el nombre del pueblo donde resido. Mi compañero de trabajo, escandalizado, vino a mi mesa con los papeles en la mano: “Pero ¿tú dónde coño vives?”. Y yo, aún perpleja, traté de defenderme sin demasiada convicción, agarrándome como recurso desesperado a su procedencia (es hispanoamericano): “No sé tú de que te asombras”, para acabar resultando, como es natural, vapuleada: “Ya, pero mi país está en vías de desarrollo”. “Claro, por eso aquí les detienen”, terminé la conversación sin ilusión.

No soy de Coslada. Aterricé allí por motivos laborales, y fueron mis hijos los que consolidaron nuestra permanencia. Quiero decir con esto que desconozco la evolución de una historia que, a pesar de la supuesta falta de pruebas, era de dominio público. Sin embargo, sí me sorprendió la eliminación en no recuerdo qué cuaderno ciudadano de algún comentario acusatorio. Tal vez porque la verdad sin pruebas puede interpretarse como calumnia. Tal vez por confabulación. Podría ser que comprometiera el inicio de una investigación más que delicada. O quizá, y sería sin duda lo más grave, fuera borrado por simple cobardía.

Desde luego tiene razón “cosladeño” al preguntarse si este mundo es normal. Parece que no. Y tienen razón los que hartos de la extorsión gritan contra los corruptos y les abuchean, haciendo un ruido necesario para que, si no por decencia al menos por disimulo, algo se mueva. Y repugna la sonrisa chulesca de ciertos detenidos, que por simple decoro deberían no exhibir. Y desilusiona escuchar los rumores del pueblo, sobre el blindaje de otros más poderosos, quienes quiera que sean, mecenas de la escoria.

Ser policía y corrupto es tan despreciable como ser padre y violador, porque inflige un doble daño a las víctimas que suman la desprotección al atropello, e incluso el miedo. Malos tiempos, en época de igualdad y lucha contra la violencia de género, para tener que presenciar el patético espectáculo de ver cómo el responsable de la seguridad de un pueblo, el que ha de velar por el buen cumplimiento de la ley, medra por el camino de la prostitución, mantenida, impulsada, e incluso, eso decían ayer los informativos, disfrutada. Demasiado vil. “Pero ¿este mundo es normal? No se puede”, escribe Cosladeño, y su frase, así, rota, interrumpida, incompleta, es el reflejo perfecto del estupor que causa tanta indignidad. Cualquier castigo de los que contempla el código penal será poco sin duda, como escaso es, siendo infinito, el desprecio que se percibe en la calle.

Lo intento pero no consigo evitar esta sensación de vergüenza ajena. Me pregunto qué sentirán las mujeres, hijos, familias y amigos de tanto detenido. Y no sé imaginarlo.

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/2008/05/09/verguenza-1/
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Crisis

05/05/2008

Estoy en crisis. No puedo negarlo. No la crisis económica que mencionan en los telediarios, que si me afecta debo ser sincera y admitir que no lo hace demasiado. Tengo un puesto de trabajo estable y lo suficientemente remunerado, tres hijos cuya educación y mantenimiento no dependen de becas ni ayudas, una casa en la que vivir, e incluso planes de futuro. No creo que se pueda pedir mucho más, aunque haya quien lo tenga.

Y a pesar de todo estoy en crisis: crisis de ideas, crisis vital, crisis de valores, tal vez crisis de los cuarenta, que a final de año llegan.

Padezco un desajuste esencial. Mi visión crítica es insomne, funciona las veinticuatro horas del día, más allá incluso de lo que yo soy capaz de soportar. En algunas ocasiones, la razón me niega los sentimientos, y yo que me aferro a éstos para seguir viviendo, continúo mi camino en el lado oscuro, sin ser capaz de ver una luz que, me digo, tiene que existir en el reverso. En fin, así son las crisis. Y por alguna hay que pasar, salvo que un intelecto defectuoso o un espíritu excesivamente autocomplaciente nos prive de una facultad exclusivamente humana. Quizá ahora, como les digo, sea simple producto de la edad. Es inevitable hacer revisión de objetivos y sueños en el cierre de las etapas. Y para qué negarlo: la disciplina ayuda pero no convence cuando lo que se traiciona es la vocación. En ello ando, en vías de resolución, si es que estoy a tiempo, que también dicho sea de paso lo dudo.

Últimamente se me ha afeado el carácter con la costumbre de no dar explicaciones. Y no porque haya nada que ocultar, sino porque decido tras un largo proceso de reflexión, y me da demasiada pereza reconstruir el camino cada vez que alguien ajeno a él pretende que le convenza del por qué mi conclusión es acertada. Me causa un aburrimiento infinito generar una explicación que dará pie a la petición de otra y otra más, encaminadas a demostrar la invalidez de los pequeños obstáculos imaginados por el que escucha, y generalmente pueriles en comparación con la larga meditación interior que precede a una resolución cuestionada, en demasiadas ocasiones, sólo para pasar el rato, en una charla superficial que tiene como único objetivo colmar la curiosidad (ni siquiera el interés) de un interlocutor casual que, a menudo, nada tiene que ver con la información a la que accede.

He percibido, porque de ese análisis crítico tampoco escapo yo, que de todas las conductas derivadas de este estado de negación, la más perjudicial es la falta de paciencia, la misma que me impide ser indulgente, o aceptar excusas políticamente correctas, satisfactorias de cara a la galería, pero agravantes en este estado que atravieso de escaparates cerrados e inventario interior. Malos tiempos para la lírica. Aunque peores para la dialéctica que, aun sin pretenderlo, se tiñe de ironía, esa tristeza que no puede llorar y sonríe, según Benavente, y que además hiere al que no espera sus punzadas, tanto más cuanto más se acerca a la verdad desnuda.

Crisis. La palabra lo define todo. Y en época de crisis, silencio. Que cuando uno no se entiende a sí mismo, pocas veces (y soy optimista) recibe ayuda del exterior.

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/2008/05/05/crisis/
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Infamia

14/04/2008

Pienso mucho. Espero tener suerte y morirme pensando, o siendo capaz de hacerlo. Es mucho pedir en tiempos de Alzheimer, vacas locas y sociedad no-pensante. Si tuviera que decidir cuál es el mayor pecado de nuestro mundo, e incluirme en él, diría que, por defecto, es no pensar y, por exceso, la cobardía. Cualquiera de los dos puede ser imperdonable cuando se está dotado de las cualidades necesarias para evitarlo. Y ampararse en modas y mayorías no es justificación ni atenuante.

Pensar no es agradable. Pocas veces conduce a la risa o a la alegría y casi nunca al consuelo. Pensar, generalmente, es una fuente infinita de planteamientos no resueltos, cuestiones por aclarar, dificultades, problemas y preocupaciones que, y aquí radica su valor, sólo se pueden resolver pensando. Y si no resolver, como mínimo aclarar, para no tomar por solución lo que no es más que maquillaje.

El Comité de Igualdad de Oportunidades para las Mujeres y Hombres de la Asamblea Comunitaria del Consejo de Europa propone despenalizar el aborto. Leo expresiones dudosas, como que “debe permitirse a las mujeres la libertad de elección” o “garantizar el acceso efectivo de las mujeres a este derecho” y, como persona, calificativo que entiendo que debe estar por encima de otras particularidades (como lo son el hecho de tener un sexo u otro, una edad u otra) pierdo un poco más de fe en el ser humano. Es evidente que, ideologías aparte, este es el inicio de la despenalización total, amparada por todos los políticos, puesto que en el fondo no es más que un medio barato y efectivo de dar carnaza al pueblo.

No me apetece entrar en argumentaciones incomprendidas y que, sin venir a cuento, son tildadas automáticamente de retrógradas o, en el mejor de los casos, conservadoras. Déjenme decirles que los razonamientos no se discuten con adjetivos calificativos, aunque la falta de formación haga que esta sea una vía lo suficientemente efectiva y espectacular para no buscar verdades.

Entiendo que la despenalización del aborto conducirá a la exculpación del doctor Morín. Supongo que nadie, nunca más, se apenará de que a un no nacido de ocho meses y medio de gestación le hayan inyectado una sustancia en el corazón con el objeto de parárselo, de modo que, una vez fuera, dé menos pena arrojarlo a la basura. No veo por qué hay que escandalizarse tanto, ni entiendo que sea menos grave aspirarlo antes de la semana veinte. Comprendo que no es lo mismo ver que no ver. Pero el hecho de ver o no, de sentir o no, de saber o no, no es más alentador para el que dos semanas después o al cabo de unos meses hubiera tenido la oportunidad de ver la luz. Eviten aquello de “depende de cuando consideres que es una persona”. Yo no considero nada, sólo sé que esperando nace un niño, o no, que la decisión no es suya, y que legalmente se clama por su desprotección absoluta, o aún más vil si lo piensan (¿ustedes piensan?), se está pidiendo algo parecido a la esclavitud: su dependencia exclusiva de los deseos de una persona.

Vale. Hacia eso vamos. Es el primer paso de un largo camino. El que solicitará la despenalización total de la eutanasia, decidida lógicamente por el cuidador, que también tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que le plazca. Y díganme que no es mejor irse de cañitas pagadas (con la herencia del finado) que estar junto a su cama limpiando babas y cosas peores. Puro pragmatismo. Y más adelante la eugenesia. Como Hitler que, después de todo, va a resultar un visionario. Ah, sí, tienen razón: Hitler sólo se lo aplicaba a los judíos, ahora nos limitamos a los que se hallan en proceso de gestación. Una simple cuestión de formas. Qué hipocresía.

Oigan, les sugiero que pasen de mí. De hecho no pienso leer ni un solo comentario a esta columna (si los hay, que lo dudo). He pensado suficiente y sigo haciéndolo para anticipar casi todo lo que puedan decirme. En realidad, me encantaría que alguien pudiera sorprenderme. No vale la casuística: para ella no se elaboran leyes generales. Tampoco valen trucos de trilero, no me suelten el rollo de los derechos y de la igualdad. Derecho es poder estudiar, trabajar, tener comida, vivienda, sueldo a fin de mes, y respeto. En cuanto a la igualdad es una suprema estupidez que no existe, aunque se la hayan inventado cuatro espabilados para medrar y no molestarse en explicar qué es, qué significa y qué consecuencias tiene la ecuanimidad.

Estoy esperando pacientemente a que, basados en una falsa libertad, se apruebe esa denigrante ley. Después atrévanse a utilizar los términos sensibilidad y violencia, porque estaré encantada de explicarles, por escrito o cara a cara, el significado de la palabra “infamia”.

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/2008/04/14/infamia/
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Burbujas de irrealidad

11/04/2008

Esta mañana llovía cuando bajé del metro. En la calle, sentada al final de la escalera, permanecía la misma anciana que, cada día, envuelta en una manta, con la cabeza tapada y la cara cubierta por unas inmensas gafas oscuras, mendiga una monedas manteniendo al lado un canastillo de falso mimbre. Se ve que es mayor, tiene las piernas hinchadas y la cesta del dinero limpia. Parece que pide con vergüenza, deseando no ser reconocida, y se diría, cuando hace sol, que no tiene nada mejor que hacer. Pero esta mañana, como les he dicho al principio, llovía cuando bajé del metro.

A menudo, los vagones de metro transportan más miseria que bienestar. Personas vestidas con menos lujo del que pregona el libre mercado y los precios irrisorios de los productos de imitación. Gente que tiene que ponerse varios días el mismo atuendo o calzar zapatos sintéticos que hieren los pies. Leen diarios gratuitos entregados por repartidores que, de vez en cuando, dan la sensación de estar peor situados que quienes los reciben. Y miran al infinito con el gesto adusto de quien anda escaso de dinero aunque, tristemente, aún más de ilusión.

A mí me encanta leer y no me gusta conducir. Ambas inclinaciones se alían y hacen que, desde la época lejana en que empecé a estudiar en la universidad, utilice el transporte público en mis desplazamientos. En general, quienes me rodean se sorprenden de que aún continúe haciéndolo, a pesar de disponer de aparcamiento gratuito en el trabajo. Y tantas opiniones contrarias a mi práctica he oído que arrastro estos días el propósito auto impuesto de coger el coche. Algunas veces, como hoy, olvido mi libro en casa, y me perturban profundamente las prisas y los empujones, las escaleras y el largo paseo, las miradas hurañas y los rostros fatigados de tantas vidas anónimas que se mueven sin esperanza por el subsuelo de esta ciudad. Si viniera en coche todo sería más fácil, me he dicho, porque tardaría diez minutos menos, y escucharía música, y no necesitaría ponerme y quitarme el abrigo, ni sujetar el paraguas, esquivar pisotones o presenciar de soslayo la miseria del exterior.

Pero esta mañana, que tanto llovía al salir del metro, volví a ver a la misma anciana allí, estática y mojada, con sus monedas y su dignidad, y yo, que nunca le eché antes nada me he agachado a dejarle hoy un poco de lo que me sobra, con vergüenza, porque me sobra. Mientras, me preguntaba si tendría mucho sentido para ella vivir así.

Luego he llegado, y el ritmo inalterable del sistema se ha ocupado de mí. Hoy es viernes. Tengo una comida de colegas, una tarde de compras, un hogar caliente y la posibilidad de cerrar los ojos ante la desdicha exterior. Trataré de olvidar que la solución no es dejar de ver cuando se recuerda lo que se ha visto, aunque las aristas de una reflexión cruel sin lado amable se me hayan clavado en la memoria y no tenga otra salida más que escribir, en busca de un bálsamo que sospecho esquivo.

Ya ven, la lectura como coraza y la escritura como vómito.

Y ustedes ¿en qué burbuja sobreviven?

http://coslada.cuadernosciudadanos.net/ValentinaLucas/2008/04/11/burbujas-de-irrealidad/
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