Esta mañana llovía cuando bajé del metro. En la calle, sentada al final de la escalera, permanecía la misma anciana que, cada día, envuelta en una manta, con la cabeza tapada y la cara cubierta por unas inmensas gafas oscuras, mendiga una monedas manteniendo al lado un canastillo de falso mimbre. Se ve que es mayor, tiene las piernas hinchadas y la cesta del dinero limpia. Parece que pide con vergüenza, deseando no ser reconocida, y se diría, cuando hace sol, que no tiene nada mejor que hacer. Pero esta mañana, como les he dicho al principio, llovía cuando bajé del metro.
A menudo, los vagones de metro transportan más miseria que bienestar. Personas vestidas con menos lujo del que pregona el libre mercado y los precios irrisorios de los productos de imitación. Gente que tiene que ponerse varios días el mismo atuendo o calzar zapatos sintéticos que hieren los pies. Leen diarios gratuitos entregados por repartidores que, de vez en cuando, dan la sensación de estar peor situados que quienes los reciben. Y miran al infinito con el gesto adusto de quien anda escaso de dinero aunque, tristemente, aún más de ilusión.
A mí me encanta leer y no me gusta conducir. Ambas inclinaciones se alían y hacen que, desde la época lejana en que empecé a estudiar en la universidad, utilice el transporte público en mis desplazamientos. En general, quienes me rodean se sorprenden de que aún continúe haciéndolo, a pesar de disponer de aparcamiento gratuito en el trabajo. Y tantas opiniones contrarias a mi práctica he oído que arrastro estos días el propósito auto impuesto de coger el coche. Algunas veces, como hoy, olvido mi libro en casa, y me perturban profundamente las prisas y los empujones, las escaleras y el largo paseo, las miradas hurañas y los rostros fatigados de tantas vidas anónimas que se mueven sin esperanza por el subsuelo de esta ciudad. Si viniera en coche todo sería más fácil, me he dicho, porque tardaría diez minutos menos, y escucharía música, y no necesitaría ponerme y quitarme el abrigo, ni sujetar el paraguas, esquivar pisotones o presenciar de soslayo la miseria del exterior.
Pero esta mañana, que tanto llovía al salir del metro, volví a ver a la misma anciana allí, estática y mojada, con sus monedas y su dignidad, y yo, que nunca le eché antes nada me he agachado a dejarle hoy un poco de lo que me sobra, con vergüenza, porque me sobra. Mientras, me preguntaba si tendría mucho sentido para ella vivir así.
Luego he llegado, y el ritmo inalterable del sistema se ha ocupado de mí. Hoy es viernes. Tengo una comida de colegas, una tarde de compras, un hogar caliente y la posibilidad de cerrar los ojos ante la desdicha exterior. Trataré de olvidar que la solución no es dejar de ver cuando se recuerda lo que se ha visto, aunque las aristas de una reflexión cruel sin lado amable se me hayan clavado en la memoria y no tenga otra salida más que escribir, en busca de un bálsamo que sospecho esquivo.
Ya ven, la lectura como coraza y la escritura como vómito.
Y ustedes ¿en qué burbuja sobreviven?
1. Valentina,
Nunca había leído tantas verdades como puños en tan pocas líneas. Tienes una capacidad de síntesis envidiable.
Mucho me temo que quienes prefieren “no ver” seguiran “no-viendo”, pero eso tampoco es nuevo: “No hay peor sordo que el que no quiere oír”.