Del 30 de mayo al 15 de junio se celebra la Feria del Libro de Madrid. Si no fuera porque leer es una de las escasas actividades que me salvan de la desesperación intelectual, no escribiría hoy. Cada año espero la celebración de este encuentro con la ilusión de perderme en un universo de libros. Algunas veces he ido despistada, mirando sin saber qué, husmeando sin objetivo; otras, tenía el propósito de adquirir un libro concreto y dedicar el tiempo restante a mirar; este año, ojalá el próximo piense lo mismo, me acercaré con los deberes bien hechos, dispuesta a llevarme una lista de obras cuidadosamente seleccionadas. También ha habido ocasiones, varias últimamente, en que he presenciado y sufrido el paso de los días, sin ser capaz de encontrar el momento de escaparme e ir. De ellas, recuerdo con especial cariño el año en que mis amigos, conscientes de la importancia que este evento tiene para mí, adquirieron un ejemplar firmado por el autor de una obra que tenía previsto comprar, haciéndome llegar por vías paralelas dos ejemplares idénticos, dedicados. ¿No les parece novelesco?.
Esta vez, como cada curso, se me pone difícil acudir el día que tengo previsto y reservado. Aunque huiré en cualquier momento si es preciso para no dejar de ir. He anotado durante meses, con paciencia de araña, los títulos necesarios, y me propongo disfrutar unas horas con la atención completamente entregada a lo que, mucho más que un hobby, es vocación auténtica. Un Nobel, un clásico y cinco obras más, que se sumarán al resto de lecturas, profundas o comerciales, casuales o buscadas, de este 2008. Después, nunca antes, para evitar la compra precipitada de lo que deseo adquirir como si de una joya se tratase (no en vano, al nacer nuestra tercera hija, fue un libro lo que mi marido me llevó al hospital), intentaré ir un día con mis hijos, repitiendo año tras año hasta que su afición pequeñita les eche raíces en el alma.
Más adelante, intentaré resolver el apabullante problema de espacio que tengo en casa. Los libros entran con una cadencia superior a la de las estanterías, y empaquetarlos en el trastero me deja un regusto amargo de abandono con el que no acabo de aprender a vivir. Ya veremos cómo lo soluciono. Supongo que eligiendo entre exiliar enciclopedias o best-seller. En cualquier caso, nunca serán encerrados Delibes o Vargas Llosa, Javier Marías, García Márquez, Muñoz Molina, Benedetti, Pedro Salinas, y tantos otros que, en cualquier momento, busco y hojeo de nuevo para encontrar la frase o el párrafo perfectos que no se olvidan.
1. A medida que se aproxima la feria del libro, mi emoción va en aumento. Desde hace unos 8 años cumplo con esta gustosa cita anual y acudo con la emoción de la primera vez, suelo buscarme la vida para poder ir dos veces: una para deambular sin rumbo, anotar los títulos que me gustaría comprar o el número de caseta que merece más de una visita; la segunda vez para ir a tiro hecho. Entre mis amigos, son pocos los que entienden esta emoción mía; aunque les argumento que un 10% de descuento no es una ocasión como para desperdiciar, en el fondo sé que este (pobre) argumento lo uso ante mi propia imposibilidad para explicar lo mucho que emociona ver cuántos buenos libros me quedan aún por leer.