La historia es muy simple y el caso real.
Un instituto público. Un claustro de profesores. Y un objetivo: determinar el horario del curso próximo y el modo en que se impartirán las asignaturas.
Todo puede pasar en la sacristía del funcionariado, y de lo que “puede” hay algo que con toda seguridad tiene lugar: la lucha por el beneficio propio. Ríanse de leyes, normas y bien común, ríanse de vocaciones docentes y de seriedad profesional, ríanse de la santa madre que parió a la Educación con mayúsculas, la pública, la que hay que garantizar, la que iguala al pobre con el rico, la que necesitamos para el buen progreso. Que cuando un claustro se reúne, un elemento común aúna las conciencias y meditaciones de sus integrantes, priorizando la elección: minimizar el tiempo. O dicho en términos coloquiales: “no me jodas el horario; si puedo entrar tarde y salir pronto, mejor que mejor”.
Y así hicieron en un instituto cualquiera de la Comunidad Valenciana: fijar los horarios de las distintas materias, consultar a los interesados y llegar a un acuerdo. Una profesora, de Bellas Artes con seguridad, puesto que sólo los artistas conservan la capacidad de aferrarse a lo ideal, hace un tímido comentario: “¿Os habéis fijado en que las clases de Dibujo Técnico coinciden con las de Física y Química?”. Recibiendo por ello variadas respuestas: dos o tres gestos de indiferencia, ciertas miradas bovinas, más de una reacción desabrida y mucho desinterés. El sentido común cuya existencia ella suponía, el menos común de los sentidos al fin, brilla de nuevo por su ausencia y, qué atrevimiento, tiene que explicar su observación: “Lo digo porque si un alumno deseara elegir ambas materias no podría cursarlas; y las dos son necesarias en muchas carreras técnicas como ingeniería, arquitectura...”.
¡Qué fácil es destapar la caja de Pandora cuando el egoísmo particular ha subido varios escalones por encima del interés general! ¡Qué sencillo resulta provocar a quienes mancillan la profesión de maestro, aquellos que se limitan, avalados por imperdonable desinterés y evidentes pocas luces, a pervertir la potencia de tantos jóvenes con capacidad para crecer, para ser, para dar, y que son prematuramente invalidados! Porque fue efectivamente simple, con una observación tan sencilla como desprovista de mala intención, abrir la espita de la mala leche. Que yo no puedo, que ya salió la de siempre, que así está bien el horario, que quién va a querer hacer ingeniería, que pitos y que flautas.
¿La solución? Propongan algo, si no andan escasos de creatividad. Y si les falla el tema, recurran al ungüento amarillo que a todo se le echa y para nada sirve, al remedio más políticamente correcto e insistentemente ineficaz. “Votemos”, dijo alguien y nadie tuvo la osadía de negar la democracia como método universal. Se sometió a sufragio la cuestión. Todos votaron, porque es así como la sacrosanta sociedad en que vivimos resuelve sus conflictos. Además, como es sabido, el sufragio restringido tiene mala prensa. Y bien pensado ¿Por qué no iba a tener derecho al voto la profesora de Literatura, o la de Filosofía, aunque no les afectara a ellas la cuestión? A ver si, además de impositivos, vamos a pecar de machistas. A votar, a representar en pequeño la gran fiesta político social, a adulterar el valor de la opinión. Opción 1, todo como está. Opción 2, cambios que permiten la libertad de elección y asfixian alguna hora de tiempo libre del profesor, atrapada en medio del horario lectivo. “Ay, chica, no sé qué votar ¿tú qué vas a poner?”. “Yo, Opción 1”,dice la de Filo, que tiene fama de solidaria con sus compañeros. “Ay, vale, pues yo la misma que tú”, responde su amiga en un inigualable alarde de criterio. Desconozco el resultado final. Ya lo averiguaré. Si salió 1, a tomar por saco la ingeniería. Si fue 2, algún chaval más podrá alimentar las aulas politécnicas.
Me sentí muy afortunada, al conocer esta historia que les cuento, pensando que cuando yo estudié ingeniería era otra época menos libre, en la que no nos obligaban a elegir entre papá y mamá. De ahí el título de un artículo que, dicho sea de paso, no significa en absoluto que la democracia sea perversa, más bien, como afirmó Bernard Shaw, que es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.
1. Al leer tu columna me reafirmo en lo que siempre he pensado:
En las oposiciones docentes debería primar la detección de la vocación docente más que en la comprobación de tener unos conocimientos técnicos específicos. Si es difícil encontrar docentes vocacionales, habría que buscar lo que más se le parezca... pienso en un mínimo de honradez y de generosidad para saber que en los niños y en la juventud está el futuro del mundo... y ser coherentes con este escenario. Así conseguiríamos que a los docentes les fuera más fácil vencer la natural comodidad para primar la flexibilidad y la apertura de posibilidades para los educandos.