Estamos otra vez mezclando churras con merinas, y de estos revoltijos nunca sale nada bueno. Y si no, al tiempo. Yo no sé por qué los ministros tienen, de vez en cuando, la manía de meter mano en el diccionario de la lengua. Ya habrán oído que Bibiana Aído, ministra de Igualdad, propone que incluya “miembra”, para horror y escándalo de algún que otro académico. También los economistas, tras hacer patente su incapacidad para prever el desastre, se quedan calvos pensando para explicar lo inefable, y a falta de argumentos válidos se inventan “palabros”. Saben que los ministros de Trabajo de la Comisión Europea han acordado aumentar la jornada laboral hasta un máximo de 65 horas semanales ¿verdad?. Pues ahora los expertos en la cosa de no saber por donde les viene el aire lo explican con un término nuevo: flexiguridad. Dicen que se trata de garantizar la estabilidad del empleo y la flexibilidad para la empresa, que viene a ser una conclusión obvia por los siglos de los siglos: que al que paga, la esclavitud le mola.
Así anda el mundo, y eso sin hablar de camiones, con la que está cayendo y los mercados desabastecidos. Dijo Gregorio Salvador, de la RAE, que Bibiana Aído debería dejarse de bromas de mal gusto y ocuparse más bien de resolver problemas reales de desigualdad, como garantizar que cualquier niño pueda estudiar en castellano en cualquier comunidad autónoma. No está mal la crítica, y sin salirse de su ámbito: el de la lengua española. Yo opino lo mismo. Y si me van a responder defendiendo ardorosamente el feminismo más extremo les ruego que, al menos, y aunque sea mentira, firmen su comentario con nombre de mujer. Y que me lo expliquen clarito también, por favor, porque empiezo a sentirme miembra flexisegura, y no me está gustando nada.
Quizá deberíamos poner todos en marcha nuestra parcelita de creatividad, que es gratis y aunque no sirva de nada hace que pase antes el tiempo. ¿Se les ocurre algo nuevo? A mí, así a bote pronto, para definir el caos político-económico que nos rodea me viene “machaculo”, que procede de machacar y dar por el sufijo del vocablo de mi invención. Mucho rollo con los señores y las señoras e incluso l@s señor@s, pero cuando vamos a lo que importa, el vil metal, la sociedad se estratifica naturalmente entre los que mueven los hilos y los pringaos, dos grupos perfectamente definidos en los que caben todo tipo de sexos, razas, ideologías y religiones, porque para pertenecer a uno u otro basta una simple condición: ser humano.
Así las cosas, la ilusión, al menos en mi caso, atraviesa momentos bajos. Especialmente cuando echo una ojeadilla a mi afortunada (porque mi subida de sueldo supera el IPC) nómina y observo con cruel pesar y dolorosa incertidumbre que, habiendo reducido los gastos, llego con números rojos antes de final de mes. ¿Será que ha disminuido, a pesar del aumento retributivo, mi capacidad adquisitiva? ¡No, hombre, no! “Será” no, lo es. Y conste que todavía no me quejo de mi suerte, ni caeré en ese tópico mientras nada sustancial peligre, pero sí tienen que admitir que machacula mucho que nos cuenten cuentos para no dormir, mezclando fantasía y realidad, y usando palabritas nuevas, para ver si entre flexiguridades y crecimientos negativos se nos olvida que la paga no llega a fin de mes.
1. Valentina,
Veo que has puesto tu creatividad en marcha. Creo que tienes dotes de “malabarista del lenguaje”. Ánimo.
Se confirma que la realidad es tozuda enemiga de los pasteleos políticos que nos quieren vender “palabros” en lugar de acciones. No es eso lo peor, lo peor es que compramos los “palabros” y encima terminamos creyendo que somos los más vanguardistas. ¡Y la nómina sin barrer!