Vergüenza
viernes, 09 de mayo de 2008 13:02
No hay como entrar en crisis para que se derrumbe el mundo. Política, social, localmente me han curado la depresión mediante terapia de choque: el jefe y treinta policías detenidos, acusados no sólo de corrupción (delito típico en las instituciones oficiales), sino cohecho, robo, extorsión, narcotráfico, prostitución. Me dio vergüenza ajena leer así referido, en grandes titulares, el nombre del pueblo donde resido. Mi compañero de trabajo, escandalizado, vino a mi mesa con los papeles en la mano: “Pero ¿tú dónde coño vives?”. Y yo, aún perpleja, traté de defenderme sin demasiada convicción, agarrándome como recurso desesperado a su procedencia (es hispanoamericano): “No sé tú de que te asombras”, para acabar resultando, como es natural, vapuleada: “Ya, pero mi país está en vías de desarrollo”. “Claro, por eso aquí les detienen”, terminé la conversación sin ilusión.
No soy de Coslada. Aterricé allí por motivos laborales, y fueron mis hijos los que consolidaron nuestra permanencia. Quiero decir con esto que desconozco la evolución de una historia que, a pesar de la supuesta falta de pruebas, era de dominio público. Sin embargo, sí me sorprendió la eliminación en no recuerdo qué cuaderno ciudadano de algún comentario acusatorio. Tal vez porque la verdad sin pruebas puede interpretarse como calumnia. Tal vez por confabulación. Podría ser que comprometiera el inicio de una investigación más que delicada. O quizá, y sería sin duda lo más grave, fuera borrado por simple cobardía.
Desde luego tiene razón “cosladeño” al preguntarse si este mundo es normal. Parece que no. Y tienen razón los que hartos de la extorsión gritan contra los corruptos y les abuchean, haciendo un ruido necesario para que, si no por decencia al menos por disimulo, algo se mueva. Y repugna la sonrisa chulesca de ciertos detenidos, que por simple decoro deberían no exhibir. Y desilusiona escuchar los rumores del pueblo, sobre el blindaje de otros más poderosos, quienes quiera que sean, mecenas de la escoria.
Ser policía y corrupto es tan despreciable como ser padre y violador, porque inflige un doble daño a las víctimas que suman la desprotección al atropello, e incluso el miedo. Malos tiempos, en época de igualdad y lucha contra la violencia de género, para tener que presenciar el patético espectáculo de ver cómo el responsable de la seguridad de un pueblo, el que ha de velar por el buen cumplimiento de la ley, medra por el camino de la prostitución, mantenida, impulsada, e incluso, eso decían ayer los informativos, disfrutada. Demasiado vil. “Pero ¿este mundo es normal? No se puede”, escribe Cosladeño, y su frase, así, rota, interrumpida, incompleta, es el reflejo perfecto del estupor que causa tanta indignidad. Cualquier castigo de los que contempla el código penal será poco sin duda, como escaso es, siendo infinito, el desprecio que se percibe en la calle.
Lo intento pero no consigo evitar esta sensación de vergüenza ajena. Me pregunto qué sentirán las mujeres, hijos, familias y amigos de tanto detenido. Y no sé imaginarlo.
Crisis
lunes, 05 de mayo de 2008 14:02
Estoy en crisis. No puedo negarlo. No la crisis económica que mencionan en los telediarios, que si me afecta debo ser sincera y admitir que no lo hace demasiado. Tengo un puesto de trabajo estable y lo suficientemente remunerado, tres hijos cuya educación y mantenimiento no dependen de becas ni ayudas, una casa en la que vivir, e incluso planes de futuro. No creo que se pueda pedir mucho más, aunque haya quien lo tenga.
Y a pesar de todo estoy en crisis: crisis de ideas, crisis vital, crisis de valores, tal vez crisis de los cuarenta, que a final de año llegan.
Padezco un desajuste esencial. Mi visión crítica es insomne, funciona las veinticuatro horas del día, más allá incluso de lo que yo soy capaz de soportar. En algunas ocasiones, la razón me niega los sentimientos, y yo que me aferro a éstos para seguir viviendo, continúo mi camino en el lado oscuro, sin ser capaz de ver una luz que, me digo, tiene que existir en el reverso. En fin, así son las crisis. Y por alguna hay que pasar, salvo que un intelecto defectuoso o un espíritu excesivamente autocomplaciente nos prive de una facultad exclusivamente humana. Quizá ahora, como les digo, sea simple producto de la edad. Es inevitable hacer revisión de objetivos y sueños en el cierre de las etapas. Y para qué negarlo: la disciplina ayuda pero no convence cuando lo que se traiciona es la vocación. En ello ando, en vías de resolución, si es que estoy a tiempo, que también dicho sea de paso lo dudo.
Últimamente se me ha afeado el carácter con la costumbre de no dar explicaciones. Y no porque haya nada que ocultar, sino porque decido tras un largo proceso de reflexión, y me da demasiada pereza reconstruir el camino cada vez que alguien ajeno a él pretende que le convenza del por qué mi conclusión es acertada. Me causa un aburrimiento infinito generar una explicación que dará pie a la petición de otra y otra más, encaminadas a demostrar la invalidez de los pequeños obstáculos imaginados por el que escucha, y generalmente pueriles en comparación con la larga meditación interior que precede a una resolución cuestionada, en demasiadas ocasiones, sólo para pasar el rato, en una charla superficial que tiene como único objetivo colmar la curiosidad (ni siquiera el interés) de un interlocutor casual que, a menudo, nada tiene que ver con la información a la que accede.
He percibido, porque de ese análisis crítico tampoco escapo yo, que de todas las conductas derivadas de este estado de negación, la más perjudicial es la falta de paciencia, la misma que me impide ser indulgente, o aceptar excusas políticamente correctas, satisfactorias de cara a la galería, pero agravantes en este estado que atravieso de escaparates cerrados e inventario interior. Malos tiempos para la lírica. Aunque peores para la dialéctica que, aun sin pretenderlo, se tiñe de ironía, esa tristeza que no puede llorar y sonríe, según Benavente, y que además hiere al que no espera sus punzadas, tanto más cuanto más se acerca a la verdad desnuda.
Crisis. La palabra lo define todo. Y en época de crisis, silencio. Que cuando uno no se entiende a sí mismo, pocas veces (y soy optimista) recibe ayuda del exterior.
Infamia
lunes, 14 de abril de 2008 10:58
Pienso mucho. Espero tener suerte y morirme pensando, o siendo capaz de hacerlo. Es mucho pedir en tiempos de Alzheimer, vacas locas y sociedad no-pensante. Si tuviera que decidir cuál es el mayor pecado de nuestro mundo, e incluirme en él, diría que, por defecto, es no pensar y, por exceso, la cobardía. Cualquiera de los dos puede ser imperdonable cuando se está dotado de las cualidades necesarias para evitarlo. Y ampararse en modas y mayorías no es justificación ni atenuante.
Pensar no es agradable. Pocas veces conduce a la risa o a la alegría y casi nunca al consuelo. Pensar, generalmente, es una fuente infinita de planteamientos no resueltos, cuestiones por aclarar, dificultades, problemas y preocupaciones que, y aquí radica su valor, sólo se pueden resolver pensando. Y si no resolver, como mínimo aclarar, para no tomar por solución lo que no es más que maquillaje.
El Comité de Igualdad de Oportunidades para las Mujeres y Hombres de la Asamblea Comunitaria del Consejo de Europa propone despenalizar el aborto. Leo expresiones dudosas, como que “debe permitirse a las mujeres la libertad de elección” o “garantizar el acceso efectivo de las mujeres a este derecho” y, como persona, calificativo que entiendo que debe estar por encima de otras particularidades (como lo son el hecho de tener un sexo u otro, una edad u otra) pierdo un poco más de fe en el ser humano. Es evidente que, ideologías aparte, este es el inicio de la despenalización total, amparada por todos los políticos, puesto que en el fondo no es más que un medio barato y efectivo de dar carnaza al pueblo.
No me apetece entrar en argumentaciones incomprendidas y que, sin venir a cuento, son tildadas automáticamente de retrógradas o, en el mejor de los casos, conservadoras. Déjenme decirles que los razonamientos no se discuten con adjetivos calificativos, aunque la falta de formación haga que esta sea una vía lo suficientemente efectiva y espectacular para no buscar verdades.
Entiendo que la despenalización del aborto conducirá a la exculpación del doctor Morín. Supongo que nadie, nunca más, se apenará de que a un no nacido de ocho meses y medio de gestación le hayan inyectado una sustancia en el corazón con el objeto de parárselo, de modo que, una vez fuera, dé menos pena arrojarlo a la basura. No veo por qué hay que escandalizarse tanto, ni entiendo que sea menos grave aspirarlo antes de la semana veinte. Comprendo que no es lo mismo ver que no ver. Pero el hecho de ver o no, de sentir o no, de saber o no, no es más alentador para el que dos semanas después o al cabo de unos meses hubiera tenido la oportunidad de ver la luz. Eviten aquello de “depende de cuando consideres que es una persona”. Yo no considero nada, sólo sé que esperando nace un niño, o no, que la decisión no es suya, y que legalmente se clama por su desprotección absoluta, o aún más vil si lo piensan (¿ustedes piensan?), se está pidiendo algo parecido a la esclavitud: su dependencia exclusiva de los deseos de una persona.
Vale. Hacia eso vamos. Es el primer paso de un largo camino. El que solicitará la despenalización total de la eutanasia, decidida lógicamente por el cuidador, que también tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que le plazca. Y díganme que no es mejor irse de cañitas pagadas (con la herencia del finado) que estar junto a su cama limpiando babas y cosas peores. Puro pragmatismo. Y más adelante la eugenesia. Como Hitler que, después de todo, va a resultar un visionario. Ah, sí, tienen razón: Hitler sólo se lo aplicaba a los judíos, ahora nos limitamos a los que se hallan en proceso de gestación. Una simple cuestión de formas. Qué hipocresía.
Oigan, les sugiero que pasen de mí. De hecho no pienso leer ni un solo comentario a esta columna (si los hay, que lo dudo). He pensado suficiente y sigo haciéndolo para anticipar casi todo lo que puedan decirme. En realidad, me encantaría que alguien pudiera sorprenderme. No vale la casuística: para ella no se elaboran leyes generales. Tampoco valen trucos de trilero, no me suelten el rollo de los derechos y de la igualdad. Derecho es poder estudiar, trabajar, tener comida, vivienda, sueldo a fin de mes, y respeto. En cuanto a la igualdad es una suprema estupidez que no existe, aunque se la hayan inventado cuatro espabilados para medrar y no molestarse en explicar qué es, qué significa y qué consecuencias tiene la ecuanimidad.
Estoy esperando pacientemente a que, basados en una falsa libertad, se apruebe esa denigrante ley. Después atrévanse a utilizar los términos sensibilidad y violencia, porque estaré encantada de explicarles, por escrito o cara a cara, el significado de la palabra “infamia”.
Burbujas de irrealidad
viernes, 11 de abril de 2008 14:12
Esta mañana llovía cuando bajé del metro. En la calle, sentada al final de la escalera, permanecía la misma anciana que, cada día, envuelta en una manta, con la cabeza tapada y la cara cubierta por unas inmensas gafas oscuras, mendiga una monedas manteniendo al lado un canastillo de falso mimbre. Se ve que es mayor, tiene las piernas hinchadas y la cesta del dinero limpia. Parece que pide con vergüenza, deseando no ser reconocida, y se diría, cuando hace sol, que no tiene nada mejor que hacer. Pero esta mañana, como les he dicho al principio, llovía cuando bajé del metro.
A menudo, los vagones de metro transportan más miseria que bienestar. Personas vestidas con menos lujo del que pregona el libre mercado y los precios irrisorios de los productos de imitación. Gente que tiene que ponerse varios días el mismo atuendo o calzar zapatos sintéticos que hieren los pies. Leen diarios gratuitos entregados por repartidores que, de vez en cuando, dan la sensación de estar peor situados que quienes los reciben. Y miran al infinito con el gesto adusto de quien anda escaso de dinero aunque, tristemente, aún más de ilusión.
A mí me encanta leer y no me gusta conducir. Ambas inclinaciones se alían y hacen que, desde la época lejana en que empecé a estudiar en la universidad, utilice el transporte público en mis desplazamientos. En general, quienes me rodean se sorprenden de que aún continúe haciéndolo, a pesar de disponer de aparcamiento gratuito en el trabajo. Y tantas opiniones contrarias a mi práctica he oído que arrastro estos días el propósito auto impuesto de coger el coche. Algunas veces, como hoy, olvido mi libro en casa, y me perturban profundamente las prisas y los empujones, las escaleras y el largo paseo, las miradas hurañas y los rostros fatigados de tantas vidas anónimas que se mueven sin esperanza por el subsuelo de esta ciudad. Si viniera en coche todo sería más fácil, me he dicho, porque tardaría diez minutos menos, y escucharía música, y no necesitaría ponerme y quitarme el abrigo, ni sujetar el paraguas, esquivar pisotones o presenciar de soslayo la miseria del exterior.
Pero esta mañana, que tanto llovía al salir del metro, volví a ver a la misma anciana allí, estática y mojada, con sus monedas y su dignidad, y yo, que nunca le eché antes nada me he agachado a dejarle hoy un poco de lo que me sobra, con vergüenza, porque me sobra. Mientras, me preguntaba si tendría mucho sentido para ella vivir así.
Luego he llegado, y el ritmo inalterable del sistema se ha ocupado de mí. Hoy es viernes. Tengo una comida de colegas, una tarde de compras, un hogar caliente y la posibilidad de cerrar los ojos ante la desdicha exterior. Trataré de olvidar que la solución no es dejar de ver cuando se recuerda lo que se ha visto, aunque las aristas de una reflexión cruel sin lado amable se me hayan clavado en la memoria y no tenga otra salida más que escribir, en busca de un bálsamo que sospecho esquivo.
Ya ven, la lectura como coraza y la escritura como vómito.
Y ustedes ¿en qué burbuja sobreviven?
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